miércoles 24 de septiembre de 2008

Diederik (otra vez) remasterizado

Acabo de colgar un relato (Diederik) que ya publiqué aquí en tiempos, pero que luego arreglé un poco para presentarlo a un concurso en el que no hacía falta que los relatos fueran inéditos, pero sí que no estuvieran publicados, mientras se fallaba el premio, en otra web distinta de la del concurso.

Ahora el concurso se ha anulado, no sé sabe muy bien por qué :-S , así que yo aprovecho y lo republico con las modificaciones que hice.

Besos, cuentistas!

domingo 31 de agosto de 2008

De luto

Si de mí dependiera, rebobinaría, como poco hasta esta mañana, y volvería con algunas flores. Pero claro, cómo iba yo a saberlo, ¿no? Simplemente quería ir hasta allí, ser valiente, demostrarte que tengo sangre en las venas y no horchata, que no soy un témpano de hielo, ni un “cagao”. Quería arriesgar por una vez, maldita sea. Después de darle muchas vueltas, de hacer sondeos entre mis amigos, de tragarme tropecientas películas románticas, de repetirme a mí mismo hasta la saciedad eso de “el no ya lo tengo”, me peiné con raya y me puse una camisa. Una camisa yo, te puedes imaginar. Si eso no es una prueba de mi amor no sé qué podría serlo. También me eché colonia, aunque creo que sería más exacto decir que la escancié. La gente arrugaba la nariz a mi paso. No sé dosificarla. Debe de ser por la falta de costumbre.

El caso es que llegué a tu casa. “Qué visa social más intensa”, pensé cuando vi esa cantidad de coches aparcados en la puerta. Cómo me iba a imaginar siquiera lo que pasaba. Es simplemente inconcebible. Llamé a la puerta y, no sé cómo, de repente me vi a mí mismo como desde fuera, sumergido en ese jaleo de mujeres de traje sastre y hombres encorbatados. Y ese tufo a flores. Te juro que por un momento pensé que igual era mi colonia. Menudo bochorno. Me sequé el sudor de las manos en los pantalones y noté en las palmas el tacto áspero de los vaqueros. Una sensación horrible de impropiedad. Yo, allí en medio, pasando de mano en mano, devolviendo besos a diestro y siniestro y con la certeza de que no iba arreglado para la ocasión. De repente alguien detuvo mi deambular caótico por la habitación. Una viejecita con el rostro congestionado y los ojos enrojecidos de llanto. Supe que era tu abuela. Tenéis un aire. Pensé que así serías tú dentro de cincuenta años. “¡Eh, un momento!”, me dije. “¿Eso de ahí detrás no es un maldito ataúd?”. La viejecita me miraba, expectante. Me bloqueé. Me pasa siempre en este tipo de cosas. Ella seguía mirándome. La impaciencia empezaba a comerle terreno a la tristeza. Tenía que decir algo. “¿Qué tal?”, le pregunté con un hilillo de voz. “Muy bien, mastuerzo. Aquí, pasando el rato, en un funeral”. Ahí, entrando en la familia por la puerta grande. Tu abuela ha debido de creer que soy oligofrénico o algo. Por suerte, alguien me apartó antes de que la buena señora materializara en palabras lo que debía de estar pensando. Salí despedido hacia el lateral y me di de bruces contigo. “Matías, ¿pero tú qué demonios haces aquí?”. Sólo se me ocurrió que el negro te sentaba muy bien. Te imaginé en mi propio funeral, vestida de compungida y deliciosa viudita negra. “Siento lo de tu abuelo”, balbucí por fin.

Ya te digo. Si de mí dependiera, rebobinaría, como poco hasta esta mañana, y volvería con algunas flores. Y puede que también con otros pantalones.

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domingo 6 de julio de 2008

Ingrato

Consideren mi ausencia y mi consecuente falta de entrenamiento, y sean piadosos.

La interrogación sin punto sólo sería una curva peligrosa. Peligrosa como tú sin mí, Sam. Es por eso que no puedo dejarte, ¿lo entiendes ahora? Sería una irresponsabilidad por mi parte lanzarte sin control al mundo. Tengo que velar tu sueño para estar seguro de que no despertarás antes que yo. Que no te lanzarás con chupóptera ferocidad a una realidad que no puede ni tan siquiera concebirte, considerarte. Y estoy muy cansada, eso te lo puedo asegurar. Enflaquecida, enjuta y seca. Vampirizada por tu empuje, por tu vitalidad de loco. Por ese apego a la vida, desenfrenado, enfermizo. Por encima de todos, por encima de todas las cosas. Por encima de mí, de mi amor mismo. Sam, vida mía. Porque no hay ya nada de mí que no te pertenezca, que no sea tuyo. Porque yo me entregué, me inmolé por los otros. Por ti. Pero sobre todo por mí. Por participar de la grandeza de un amor tan incondicional. El amor que siento por ti me ha convertido en un ser excepcional. En una mártir. Eso soy contigo. Y sin ti no sé lo que soy.

No me importa que me rechaces. Sé que lo haces porque estás como poseído. Sé que quieres salir de aquí pero, créeme, es lo mejor. Es por tu bien que nos recluimos y nos ocultamos. Por esto es que nos mantenemos siempre aquí, siempre a la sombra. Ayer llorabas y me decías que no era suficiente, que querías una vida plena. Pero, mi amor, ¿no es acaso mejor esta vida que ninguna vida en absoluto? ¿No estás mejor aquí que despreciado por todos, vilipendiado por una sociedad que es incapaz de captar siquiera (como para entenderla…) tu singular naturaleza?

Ya estuviste allí fuera una vez, ¿o es que acaso no te acuerdas? No pudiste soportarlo, acuérdate, cariño. No, no vuelvas la cara. ¡Mírame cuando te hablo, Samuel! ¿Te acuerdas? Si te dejara salir terminarías volviendo, descalabrado, desmadejado, como un juguete roto. Y volveríamos a esas noches de ansiedad y pesadillas. ¿Te has olvidado ya de cómo te cuide?, ¿de cómo estaba a tu lado con una palangana siempre a punto y un paño para absorber el sudor que perlaba tus sienes? Mírame, Samuel. Me lo debes. No. No te atrevas a abrir esa puerta. Mírame, Sam, por favor te lo pido. Éramos felices. Párate sólo un momento y acuérdate. Recuerda cómo solíamos divertirnos. Recuerda todos los libros que leímos a la luz de esta lumbre. No, Samuel. No te atrevas a atravesar esa puerta. No me dejes.

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jueves 5 de junio de 2008

Fallo técnico

Parece que por fin se han solucionado las pequeñas dificultades técnicas, derivadas del cambio a .com y todo lo demás, y Cuentista vuelve a funcionar sin mayor problema.

Me vais a disculpar por mi falta de participación últimamente en el Cuentacuentos, pero es que estoy de exámenes, y una tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque sea un coñazo.

Cuelgo en el lateral un relato (La Consulta) que presenté a un concurso de la universidad. No gané, pero no por ello estoy menos orgullosa. Y más teniendo en cuenta que la competencia, hasta donde yo sé, era dura y de calidad (un beso para la competencia!)

Pues eso, que ya me diréis que os parece. Las críticas cariñosas a amanda.pinkleton@gmail.com o en este post mismamente.

domingo 25 de mayo de 2008

Arcadia


Cuando al día siguiente subí a cubierta, el aspecto de la isla había cambiado por completo. Me extrañé, por supuesto que sí. Incluso llegué a preguntarle a uno de los marineros, un hombretón rudo de piel curtida y manos callosas que se estaba liando un cigarrillo apoyado en la barandilla de proa, si es que acaso habíamos continuado navegando durante la noche y yo no me había dado cuenta, a resultas de mi tendencia patológica a caer en un sueño profundo nada más tocar mi cabeza la almohada, alcanzando un estado semi-comatoso en cuestión de unos segundos apenas. El hombre dejó de mirarse los dedos por un instante y clavó sus ojos acuosos, erosionados de tanto estar expuestos al brillo del agua del mar y al azul del cielo sin descanso, y me contestó con una voz ronca, de aguardiente y tabaco barato que casaba perfectamente con su aspecto general, que no, que la isla que se elevaba sobre el mar, a apenas un kilómetro de nosotros no era otra que Isla Arcadia.

Había escuchado multitud de leyendas sobre ese clásico de los lugares mágicos y utópicos, pero nada relacionado con que cambiara de forma de manera tan sorpresiva de un día para otro. De hecho, tengo que admitir que estaba algo decepcionada. Ni la isla del día anterior ni la que ahora se extendía ante mis ojos tenía un aspecto demasiado impresionante, y mucho menos revelador. Había hecho un largo y caro viaje, repleto de calamidades, sometida a todo tipo de inclemencias del tiempo y absolutamente sola- ya que, según los libros, era así como había que llegar a Isla Arcadia, acompañado sólo de uno mismo- y de momento no veía nada que pudiera compensar tantas molestias.

El marinero había ya terminado de liar su cigarrillo y exhalaba delgadas y breves nubecillas de un extraño humo color rosado mientras me miraba atentamente.

- ¿Decepcionada?- Me preguntó solícito, en un tono más amable.

- No se trata de eso. Realmente no sé muy bien qué esperaba.- Me miró con detenimiento por primera vez, mientras seguía aspirando el humo de su extraño cigarrillo. Un rayo de sol se deslizó a través de una nube y tuvo que achinar los ojos para no tener que apartar la vista de mí.

- Ese suele ser precisamente el problema. Uno viene a Arcadia esperando algo. Uno siempre espera algo. En el continente es así, ¿verdad?

- ¿Qué quiere usted decir…?- le pregunté intrigada.

- Eric- repuso. –Mi nombre es Eric.

- Yo soy Sandra.

- Pues el caso es, Sandra- dijo inclinando gentilmente la cabeza al pronunciar mi nombre con su ajada voz- que la gente gasta el dinero y varios días de su corta y preciada vida, que es un recurso mucho más valioso y mucho más escaso, en cambiar sus circunstancias. Un buen día se levanta, echa una ojeada en torno, se da cuenta de que no desea vivir la mayoría de sus días, y decide que necesita un cambio. Entonces hace la maleta y se embarca, tratando de cambiar sus circunstancias. La gente se tomó realmente en serio eso de “yo soy yo y mis circunstancias”. Pero Ortega debería haber añadido un último corolario: Pero, sobre todo, yo soy yo.

- ¿Insinúa acaso que todo este viaje ha sido en vano?

- Nunca nada es en vano. Este viaje ha servido para que sintieras la decepción y la frustración de avanzar hacia un algo que no era nada, un fin ficticio al que dedicaste muchos más medios de los que se merecía. Y ha servido para que, desengañada como estabas, te acercaras a mí y me preguntaras. Has hecho todo este largo viaje para que tú y yo tuviéramos esta conversación.

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lunes 12 de mayo de 2008

El Juego del Ángel, de Carlos Ruiz Zafón (sin spoiler)

“Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”

Un gran músico me dijo una vez que se sentiría sucio estando en ambos bandos, es decir, siendo músico y crítico musical al mismo tiempo. Yo lo entendí perfectamente, y le vi toda la lógica del mundo. Me lo apunté, como criterio de actuación en el futuro pero con una pequeña modificación: Para criticar no, pero sí para alabar. Y es que, ser escritorcilla, por mucho que sea aficionada, y dedicarse a poner a parir por ahí a la gente que escribe es poco menos que una provocación.

Este fin de semana he estado literalmente abducida, fagocitada, seducida por el último libro de Carlos Ruiz Zafón. De natural obsesivo, como yo soy, lo terminé ayer, claro.

He de confesar que el primer párrafo ya me hizo vibrar de la emoción. Ahí encima lo tenéis, ¿no es un primer párrafo sublime?, ¿no dan ganas de ir directamente a donde quiera que esté don Carlos y plantarle un beso en plena cocorota? En una cocorota que liga las palabras de esta forma tan maravillosa. Eso fue lo primero que pensé, apenas unos segundos después de abrir el libro. Gracias, gracias, gracias.

Sin embargo, a medida que iba avanzado no pude evitar tener la sensación, o más bien la sospecha, de que quizás me estaban tomando el pelo. ¿Soy yo una de esas lectoras para las que Carlos Ruiz Zafón ha fabricado un best-seller?, ¿tan convencional soy, tan predecible, como para que un señor que no me conoce de nada sea capaz de escribir un libro sabiendo que me voy a enganchar, que me va a gustar, que ésta es mi droga? Vamos a ver, la dosis justa de amor por aquí, por aquí un poco de tensión, casi rozando el miedo, historias envueltas en otras, como en cualquier buen folletín que se precie, como en La Sombra del Viento

Pues sí, así soy. Tan españolita media que me ha encantado. Quizás no tanto como La Sombra del Viento, que me tuvo durante meses buscando como una desesperada a gente que lo hubiera leído para poder comentarlo, releyendo fragmentos, recomendándolo a diestro y siniestro. Recreándome en la exquisita factura de cada personaje. Tan humanos, tan imperfectos. Adorando a Miquel Moliner, el mejor de todos.

Ya he dicho en varias ocasiones lo que pienso de los best-sellers, y tampoco quiero repetirme. Si El Juego del Ángel es un producto de consumo, bienvenido sea. Si Ruiz Zafón lo ha hecho para ganar dinero y no de forma altruista, se lo agradezco sinceramente de todas formas. Porque, para eso primero se ha tenido que asegurar de que me va a gustar. O, al menos, hacer todo lo posible para que así sea. Y no voy a cuestionar ni toda la gigantesca labor de marketing, ni las mil reediciones con fotos de Barcelona de La Sombra del Viento, ni la casualidad de que la edición de bolsillo saliera pocos meses antes del lanzamiento del libro nuevo.

Sólo voy a decir que el libro me ha gustado. Que está increíblemente bien escrito. Que lo he pasado fenomenalmente bien leyéndolo. Que durante varias horas me he evadido de mi realidad y que eso, por muy feliz que sea la vida de una, siempre se agradece.

¿Qué el argumento, los personajes, la trama, no son nada originales?, ¿qué quizás el final es un poco flojo?, ¿qué hay muchos libros así? Si ese fuera el caso, no duden en recomendármelos. Les profesaré eterna gratitud.

Ah, eso sí, si no les gusta yo no me hago responsable. Que yo de toda esa pasta no voy a ver ni un duro.

miércoles 7 de mayo de 2008

Los rojos



-Perdona, ¿tienes hora? el autobús está a punto de llegar y no sé de qué color ponerme los zapatos. –Me dijo alzando la cabeza y dedicándome una amplia sonrisa. Tenía el diente delantero derecho manchado de un carmín de un rojo muy intenso.

Fue entonces cuando reparé en la bolsa de deporte abierta a sus pies. De ella asomaban al menos dos pares de zapatos, unos chapines rojos y unas sandalias plateadas, un collar de cuentas de todos los colores, un pañuelo verde y otro azul cielo, pero probablemente habría muchas cosas más ahí dentro, porque se veía llena a rebosar.

-Las 8 y cuarto- Le respondí.

La estrafalaria criatura que, inquieta, revolvía entre una maraña de complementos apenas un metro por debajo de mí, sentada en el banco de la parada del 21, tenía la piel morena y los ojos color miel, y llevaba el pelo recogido en una trenza, de la que colgaba un cascabelillo que tintineaba con cada movimiento de su cabeza.

-Ummm –rezongó- ¿Qué piensas que es más adecuado para una reunión formal?, ¿zapato cerrado o sandalia?

-¿Perdona?

-Sí. -Dijo levantándose de su asiento. Imaginé las plantas de sus pies descalzos ennegrecidas de toda la suciedad del asfalto de Madrid.- Te lo pregunto porque nunca he estado en ninguna- eso salta a la vista, pensé- y aunque los zapatos cerrados me aprietan el juanete y voy mucho más cómoda con los pies más al aire, como ahora, por ejemplo- explicó arrugando la nariz coquetamente- no sé si sería más apropiado llevarlos un poco más recogiditos. ¡Anda, mírate! ¡Tienes unos ojos verdes increíbles!- exclamó de repente- ¿No te lo han dicho nunca?

-Nunca con tanto entusiasmo, la verdad- respondí un poco cansado ya. Como curiosidad mañanera no había estado mal, pero ya comenzaba a aburrirme de tanta bizarrería y a impacientarme por el retraso del autobús.

-Tus ojos no casan para nada con tu aspecto, tan convencional. ¿Sabías que antes los ojos verdes se consideraban como una especie de manifestación del Maligno? Por supuesto, hubo gente inteligente, como Bécquer, a la que le gustaban muchísimo. Pero fíjate que incluso él mismo favoreció un poco esa idea, escribiendo esa fantástica leyenda sobre la mujer misteriosa de los ojos verdes y el lago.

-¿Mi aspecto convencional?

-A veces he deseado ser yo también un poco convencional, ¿sabes? – Continuó, hilvanando lo que, en ese momento, no me pareció más que una sarta de absurdos. –Pero lo cierto es que se me pasa enseguida. No creo que la vida esté hecha para ser convencional. De hecho, ¿sabías que la mayoría de la gente que se suicida es de aburrimiento? El suicidio es de lo más convencional, ¿no te parece?

-La naturaleza del suicidio no es mi máxima preocupación ahora mismo- ¿Dónde estaba ese maldito autobús?, ¿acaso había huelga de la EMT (otra), y yo no me había enterado?

-No, ya imagino. Supongo que tu máxima preocupación será el informe que tienes que entregar antes de la hora de comer, si vas a volver a llamar a la chica con la que te acostaste el fin de semana pasado o si irás a comer el domingo a casa de tus padres. Por eso es que te decía que no parece que tus ojos sean tuyos. Esos ojos son más de alguien cuyas máximas preocupaciones son si hay olores que perduran eternamente o si que la almohada siga oliendo aún a Ella no es más que una trampa del subconsciente, por qué los hombres tienen pezones o si es mejor que me ponga las sandalias plateadas o los escarpines rojos.

-Los rojos. Ponte los rojos.


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