“Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”
Un gran músico me dijo una vez que se sentiría sucio estando en ambos bandos, es decir, siendo músico y crítico musical al mismo tiempo. Yo lo entendí perfectamente, y le vi toda la lógica del mundo. Me lo apunté, como criterio de actuación en el futuro pero con una pequeña modificación: Para criticar no, pero sí para alabar. Y es que, ser escritorcilla, por mucho que sea aficionada, y dedicarse a poner a parir por ahí a la gente que escribe es poco menos que una provocación.
Este fin de semana he estado literalmente abducida, fagocitada, seducida por el último libro de Carlos Ruiz Zafón. De natural obsesivo, como yo soy, lo terminé ayer, claro.
He de confesar que el primer párrafo ya me hizo vibrar de la emoción. Ahí encima lo tenéis, ¿no es un primer párrafo sublime?, ¿no dan ganas de ir directamente a donde quiera que esté don Carlos y plantarle un beso en plena cocorota? En una cocorota que liga las palabras de esta forma tan maravillosa. Eso fue lo primero que pensé, apenas unos segundos después de abrir el libro. Gracias, gracias, gracias.
Sin embargo, a medida que iba avanzado no pude evitar tener la sensación, o más bien la sospecha, de que quizás me estaban tomando el pelo. ¿Soy yo una de esas lectoras para las que Carlos Ruiz Zafón ha fabricado un best-seller?, ¿tan convencional soy, tan predecible, como para que un señor que no me conoce de nada sea capaz de escribir un libro sabiendo que me voy a enganchar, que me va a gustar, que ésta es mi droga? Vamos a ver, la dosis justa de amor por aquí, por aquí un poco de tensión, casi rozando el miedo, historias envueltas en otras, como en cualquier buen folletín que se precie, como en La Sombra del Viento…
Pues sí, así soy. Tan españolita media que me ha encantado. Quizás no tanto como La Sombra del Viento, que me tuvo durante meses buscando como una desesperada a gente que lo hubiera leído para poder comentarlo, releyendo fragmentos, recomendándolo a diestro y siniestro. Recreándome en la exquisita factura de cada personaje. Tan humanos, tan imperfectos. Adorando a Miquel Moliner, el mejor de todos.
Ya he dicho en varias ocasiones lo que pienso de los best-sellers, y tampoco quiero repetirme. Si El Juego del Ángel es un producto de consumo, bienvenido sea. Si Ruiz Zafón lo ha hecho para ganar dinero y no de forma altruista, se lo agradezco sinceramente de todas formas. Porque, para eso primero se ha tenido que asegurar de que me va a gustar. O, al menos, hacer todo lo posible para que así sea. Y no voy a cuestionar ni toda la gigantesca labor de marketing, ni las mil reediciones con fotos de Barcelona de La Sombra del Viento, ni la casualidad de que la edición de bolsillo saliera pocos meses antes del lanzamiento del libro nuevo.
Sólo voy a decir que el libro me ha gustado. Que está increíblemente bien escrito. Que lo he pasado fenomenalmente bien leyéndolo. Que durante varias horas me he evadido de mi realidad y que eso, por muy feliz que sea la vida de una, siempre se agradece.
¿Qué el argumento, los personajes, la trama, no son nada originales?, ¿qué quizás el final es un poco flojo?, ¿qué hay muchos libros así? Si ese fuera el caso, no duden en recomendármelos. Les profesaré eterna gratitud.
Ah, eso sí, si no les gusta yo no me hago responsable. Que yo de toda esa pasta no voy a ver ni un duro.